El Teide y la cura sanatorial


El estudio del doctor José Julián Batista Martín sobre El Teide y la cura sanatorial es un claro ejemplo del humanismo consubstancial al quehacer médico.

Humanismo que en algunas ocasiones, y éste sería el caso del autor, se pone de manifiesto en la necesidad de indagar en el pasado para entender bien las claves del presente siguiendo aquella famosa frase de Auguste Compte: “No se conoce completamente una ciencia hasta que no se sabe su historia”. Suele coincidir este afán con un período de madurez en el que, superadas las ansias juveniles de competitividad y progreso profesional, las apetencias intelectuales se dirigen hacia otras metas. Cuando, además, se concluye el trabajo, como en esta ocasión, con un documento escrito resumen de todo lo investigado, de tan generoso esfuerzo se benefician sin duda todos los lectores interesados en el tema.

Hay otro aspecto que quisiera resaltar; el doctor Batista, tinerfeño enamorado  de su isla natal, ha querido rendirle un homenaje reivindicando el pionero papel, ya olvidado, e incluso me atrevería a decir a veces menospreciado por propios y extraños, que tuvo en la denominada cura climática de la tuberculosis.

Mucho es lo que se ha escrito sobre los sanatorios, pero en demasiadas ocasiones se olvida una cuestión previa muy importante que él ha sabido reflejar certeramente: las circunstancias históricas que hicieron posible el auge de este original procedimiento terapéutico.

Sí, porque a Hermann Brehmer, fundador del primer sanatorio propiamente dicho, el de Göbersdorf (Silesia), en 1859, no le vino la idea por generación espontánea. El origen de la cura sanatorial hay que buscarlo mucho antes, en pleno siglo XVIII, en esa corriente cultural y científica que conocemos como la Ilustración. Se me podrá objetar que ya en la más remota antigüedad se desplazaban numerosos enfermos pulmonares de países ubicados en la ribera mediterránea hasta Egipto en busca de la curación. Es cierto, pero lo hacían por un saber empírico de las propiedades casi mágicas para el aparato respiratorio del clima cálido y seco.

Las bases científicas de la climatología médica las pusieron los ilustrados y sus descendientes con su meritorio aunque fallido intento de alcanzar el conocimiento total mediante la poderosa luz de la razón, el rigor del método científico y la inestimable ayuda de la incipiente tecnología aplicada a la fabricación de nuevos instrumentos de medida. Pero, para ello, era preciso viajar hasta los más remotos rincones del planeta con la finalidad de estudiar, calibrar y clasificar el clima, la flora, la fauna, las razas y los recursos minerales.

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