La tradición científica de las expediciones al Teide


El primer viaje científico al Teide en el siglo XVIII es el de Edens de 1715 publicado en la célebre revista de la Royal Society londinense Philosophical Transactions. Con anterioridad a ésta fueron significativas las de Leonardo Torriani y la de los comerciantes ingleses de 1650. En 1724 acontece la del astrónomo y botánico Louis Feuillée en 1724, situada en su viaje de medición del meridiano del Hierro. En 1742 acontece la medición del ingeniero Manuel Hernández. En 1749 Adanson en una escala de su viaje al Senegal vuelve a recoger su medición, interés prioritario por aquel entonces de la ciencia ilustrada. En 1752 y 1766 William Heberden célebre médico inglés publica en la misma revista de la Royal Philosophical las observaciones de su hermano Thomas en los años que residió en La Orotava, a las que añade sus afirmaciones sobre la sal encontrada en el Pico.

Un comerciante escocés, que viajó en numerosas ocasiones por las islas y las recorrió, nos dejó una notable descripción de 1765, en la que incluye sus impresiones sobre su ascensión al Teide.

Una expedición de particular importancia en la historia de las expediciones al Teide fue la francesa de La Flore en 1771-1772. Ascendieron al Teide, aludieron a las alteraciones de las cualidades de los líquidos en el clima y nos dejaron una descripción de las islas y de su economía e instituciones. Sin embargo su medición de la altura del Teide siguió caracterizándose con los mismos errores. Se determinó geométricamente su altura en 1.742 toesas por el matemático y geodesta galo Borda. En 1776 este mismo, que volvió a la isla en la expedición de la Bosussole y la Espiegle, estableció la primera determinación exacta de la altitud del Pico sobre el nivel del mar, 1.905 toesas (3.712,8 metros).. Le acompañaban José Varela y Ulloa y Luis Arguedas, cuyos informes y observaciones fueron incluidos en los Anales de Historia Natural. El primero de ellos escribiría en 1788 un derrotero, en el que dejó un estudio sobre la población, la sociedad y la economía de Canarias.

De los viajes de Cook, solo se hizo escala en Tenerife en el tercero, en 1776. De él se derivaron algunos juicios sobre su clima y sus ventajas como puerto de escala. El de La Perouse de 1785 se detuvo en la isla por los menores costos del vino, frente a lo excesivo de Madeira. Sus naturalistas ascendieron al Teide. Uno de ellos, Lamanon, hizo una medición barométrica muy exacta de su altura, la de 1.902 toesas. Se aportó también una descripción de su cráter. Después de la del botánico británico Mason de 1777 que envió a los jardines de Kew un cierto número de plantas isleñas y ascendió al Teide, la llegada del francés Octobere Broussonet, que desempeñó durante una temporada el consulado de su país, supuso un paso trascendental en el terreno de la herborización, del que se servirá más tarde Humboldt, con el que se carteó y relacionó estrechamente.

En la Lord Macartney, embajador extraordinario de Gran Bretaña ante el emperador de China, de 1792 la ascensión se frustró por razones climatológicas. La de D´Entrecasteaux, de 1791 permitió la subida de un notable grupo de naturalistas. De ella se conserva la notable descripción de Labillardière. Otra gala, la de Baudin de 1797, posibilitó la redacción de una obra de capital interés, la de André Pierre Ledru. En ella vino a las islas Le Gros, que decidió quedarse en la isla, dejándonos una catalogación de las plantas del Jardín Botánico de La Orotava y un grabado sobre la erupción de Chahorra.

El siglo finaliza con la expedición de Humboldt. En su nueva concepción de la Geografía como Ciencia Moderna desempeña un papel capital su estudio sobre el Teide. Su Física del Globo es todavía una ciencia en construcción, pero es un paso trascendental en el origen de la geografía moderna. Al defender el método inductivo apuesta por leyes empíricas, pero en las que el espíritu se aplique a la Naturaleza. Esa combinación explica la trascendencia que el volcanismo insular, y particularmente el Teide desempeña en su estudio comparativo de los volcanes al ser un elemento de referencia esencial que contrasta con los volcanes andinos y mejicanos explorados por él en su largo viaje por la América española. La veta romántica ocupa en esa apreciación un lugar destacado. Se recrea en su goce, elabora una estética independiente del conocimiento de los fenómenos, en los que la contemplación del Teide y de su belleza están al margen de la ciencia. Nos proporciona un halo de encanto en un entorno dominado por el racionalismo. El goce por lo bello y sus valores son una idealizada visión de la Naturaleza y de los paisajes insulares y humanos que conforman toda una visión del mundo de la que ha sido sinónimo y portavoz. Ese canto a su armonía, a la combinación de vegetales y tonos contrastados en el paisaje le lleva a afirmar que ese contraste, esa variedad es en sí misma el valor supremo, la belleza ideal. Su exaltación del Norte de Tenerife se refleja no sólo en sus cartas como una impresión a primera vista, sino que retiene tras su larga travesía por esa densa maraña de paisajes y relieves hispanoamericanos. Es un testimonio fehaciente plasmado en la redacción de su Viaje a las regiones equinocciales quince años después. Al simbolizarla como el paisaje armonioso por antonomasia estaba expresando ni más ni menos que toda una concepción idealista de la estética de la naturaleza. Manuel Hernández González. Profesor Titular de Historia de América de la Universidad de La Laguna. Proyecto Humbolt.

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