Evolución histórica de Vilaflor


De cómo la codicia arruina a una familia y el ingenio lleva la riqueza a una villa.

Muy erguido en su montura árabe, el marqués Alonso Chirino del Hoyo trotaba hacia Vilaflor. Nunca se supo con certeza la identidad de los doce enmascarados que, en la tarde del 17 de agosto de 1840, descargando su rabia contenida sobre uno de los últimos descendiente del Mayorazgo de Soler, matándolo en el acto.

Usurpaciones ilegales, despojos de derechos, gestos de indisimulada arrogancia, este horrible asesinato fue la culminación de una larga serie de litigios y amotinamientos que la burguesía agraria de la comarca sostuvo con los herederos del Mayorazgo de Soler. Todo empezó en una época inmemorial, cuando Vilaflor era una recóndita tierra de paso.

Los guanches trasladaban sus rebaños desde la costa hasta los campos de alta montaña de Las Cañadas del tedie, en busca de los mejores pastos. Los antepasados deI chasagua, el mencey que se rebeló contra los conquistadores,  la llamaban Chasna. Formaba parte del menceyato de Abona..

Chasna fue conquistada por la Corona de Castilla. Pero, seis años después, en 1502, las viejas crónicas cuentan cómo el adelantado Alonso Fernández de Lugo tuvo que volver a mandar su ejercito para someter a los insurrectos. Vívido recuerdo de estas oscura época es la leyenda sobre el topónimo de Vilaflor. El desventurado Pedro de Bacamonte perdió la cabeza por una guanche chasnera. Tras echarse al monte murió, no sin antes gritar lastimeramente: “Vi la flor del Valle, ¡Vilaflor!.

Los Soler aparecen en escena en este momento, cuando por 15.000 maravedís de 1525, Juan Martín de Padilla y su yerno Pedro de Soler compraron a los conquistadores las tierras y aguas de Vilaflor.

Gracias a la construcción de una fábrica de azúcar y los aprovechamientos madereros, un asentamiento prácticamente despoblado se convirtió en una de las villas más importantes del sur de Tenerife durante los siglos XVI y XVII.

Pero esta riqueza escondía un secreto a voces. Hasta bien entrado el siglo XIX, la mayoría de los vecinos de Vilaflor vivía en la pobreza, trabajaban al servicio de la familia que cubrió de ilustre nobleza su proverbial codicia. A lomos de su caballo, el marqués Alonso Chirino del Hoyo retorcía su fino bigote mientras decidía el destino de bienes, animales y personas, sin temer lo que le esperaba en un recodo del camino.

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