La tradición científica de las expediciones al Teide


El primer viaje científico al Teide en el siglo XVIII es el de Edens de 1715 publicado en la célebre revista de la Royal Society londinense Philosophical Transactions. Con anterioridad a ésta fueron significativas las de Leonardo Torriani y la de los comerciantes ingleses de 1650. En 1724 acontece la del astrónomo y botánico Louis Feuillée en 1724, situada en su viaje de medición del meridiano del Hierro. En 1742 acontece la medición del ingeniero Manuel Hernández. En 1749 Adanson en una escala de su viaje al Senegal vuelve a recoger su medición, interés prioritario por aquel entonces de la ciencia ilustrada.


En 1752 y 1766 William Heberden célebre médico inglés publica en la misma revista de la Royal Philosophical las observaciones de su hermano Thomas en los años que residió en La Orotava, a las que añade sus afirmaciones sobre la sal encontrada en el Pico.

Un comerciante escocés, que viajó en numerosas ocasiones por las islas y las recorrió, nos dejó una notable descripción de 1765, en la que incluye sus impresiones sobre su ascensión al Teide.

Una expedición de particular importancia en la historia de las expediciones al Teide fue la francesa de La Flore en 1771-1772. Ascendieron al Teide, aludieron a las alteraciones de las cualidades de los líquidos en el clima y nos dejaron una descripción de las islas y de su economía e instituciones. Sin embargo su medición de la altura del Teide siguió caracterizándose con los mismos errores. Se determinó geométricamente su altura en 1.742 toesas por el matemático y geodesta galo Borda. En 1776 este mismo, que volvió a la isla en la expedición de la Bosussole y la Espiegle, estableció la primera determinación exacta de la altitud del Pico sobre el nivel del mar, 1.905 toesas (3.712,8 metros). Le acompañaban José Varela y Ulloa y Luis Arguedas, cuyos informes y observaciones fueron incluidos en los Anales de Historia Natural. El primero de ellos escribiría en 1788 un derrotero, en el que dejó un estudio sobre la población, la sociedad y la economía de Canarias.

De los viajes de Cook, solo se hizo escala en Tenerife en el tercero, en 1776. De él se derivaron algunos juicios sobre su clima y sus ventajas como puerto de escala. El de La Perouse de 1785 se detuvo en la isla por los menores costos del vino, frente a lo excesivo de Madeira. Sus naturalistas ascendieron al Teide. Uno de ellos, Lamanon, hizo una medición barométrica muy exacta de su altura, la de 1.902 toesas. Se aportó también una descripción de su cráter. Después de la del botánico británico Mason de 1777 que envió a los jardines de Kew un cierto número de plantas isleñas y ascendió al Teide, la llegada del francés Octobere Broussonet, que desempeñó durante una temporada el consulado de su país, supuso un paso trascendental en el terreno de la herborización, del que se servirá más tarde Humboldt, con el que se carteó y relacionó estrechamente.

En la Lord Macartney, embajador extraordinario de Gran Bretaña ante el emperador de China, de 1792 la ascensión se frustró por razones climatológicas. La de D´Entrecasteaux, de 1791 permitió la subida de un notable grupo de naturalistas. De ella se conserva la notable descripción de Labillardière. Otra gala, la de Baudin de 1797, posibilitó la redacción de una obra de capital interés, la de André Pierre Ledru. En ella vino a las islas Le Gros, que decidió quedarse en la isla, dejándonos una catalogación de las plantas del Jardín Botánico de La Orotava y un grabado sobre la erupción de Chahorra.

El siglo finaliza con la expedición de Humboldt. En su nueva concepción de la Geografía como Ciencia Moderna desempeña un papel capital su estudio sobre el Teide. Su Física del Globo es todavía una ciencia en construcción, pero es un paso trascendental en el origen de la geografía moderna. Al defender el método inductivo apuesta por leyes empíricas, pero en las que el espíritu se aplique a la Naturaleza. Esa combinación explica la trascendencia que el volcanismo insular, y particularmente el Teide desempeña en su estudio comparativo de los volcanes al ser un elemento de referencia esencial que contrasta con los volcanes andinos y mejicanos explorados por él en su largo viaje por la América española. La veta romántica ocupa en esa apreciación un lugar destacado. Se recrea en su goce, elabora una estética independiente del conocimiento de los fenómenos, en los que la contemplación del Teide y de su belleza están al margen de la ciencia. Nos proporciona un halo de encanto en un entorno dominado por el racionalismo. El goce por lo bello y sus valores son una idealizada visión de la Naturaleza y de los paisajes insulares y humanos que conforman toda una visión del mundo de la que ha sido sinónimo y portavoz. Ese canto a su armonía, a la combinación de vegetales y tonos contrastados en el paisaje le lleva a afirmar que ese contraste, esa variedad es en sí misma el valor supremo, la belleza ideal. Su exaltación del Norte de Tenerife se refleja no sólo en sus cartas como una impresión a primera vista, sino que retiene tras su larga travesía por esa densa maraña de paisajes y relieves hispanoamericanos. Es un testimonio fehaciente plasmado en la redacción de su Viaje a las regiones equinocciales quince años después. Al simbolizarla como el paisaje armonioso por antonomasia estaba expresando ni más ni menos que toda una concepción idealista de la estética de la naturaleza.

EL VIAJE DE EDENS

La ascensión al Teide que realizara J. Edens el 13 de Octubre de 1715 fue publicada en la célebre revista de la Royal Society londinense Philosophical Transaccions en su tomo de 1714-1716. Sobre este viajero británico nada hemos podido encontrar al respecto. Su narración fue incluida parcialmente por Viera y Clavijo en su Historia de Canarias. Entre los datos que aporta podemos señalar los del Dornajito y la Cruz de la Solera. Sobre el primero señala con precisión el origen de su denominación, un conducto de madera a través del que corre el agua y una pila sobre la que cae agua. Palabra presente en el habla insular desde la conquista significa en efecto receptáculo de madera que entre otras funciones ha tenido la de depósito de agua. El sitio, cuya erosión y deforestación era de tal intensidad en 1815 que llevó a decir a Buch que se había talado hasta su mismo Pino, salvado hasta entonces por su protección de una pequeña fuente. La expresión Cruz de la solera es bien precisa al definirla como hecha de una vara larga con un agujero en cada extremo que se utiliza para el arrastre de madera. Es en efecto el timón del trillo, un palo torcido del cual tira la yunta, tal y como recoge Edens.

Otra definición de interés es la de la Carabela que se toma por la semejanza de un árbol con una gran rama que le daba el aspecto de la parte de proa de un barco. Otro topónimo de interés es el del Pino de la Merienda, que hace referencia a una pausa para la comida en la ascensión y que estaba quemado en la base, extrayéndose de él una resina, la trementina. Refiere en esas montañas próximas la abundancia de conejos y su caza.

Junto con la descripción clásica del Pico del Teide relata finalmente el tradicional saqueo del patrimonio arqueológico que se emprendía con notable frecuencia en la época. Describe una cueva con numerosos restos humanos, entre los que habla de la creencia de los míticos gigantes que se suponía existían entre los guanches, relatando que la visitaría con más calma antes de marcharse de la isla, pero se contradice con lo que dice poco después de tener que abandonarla al salir su barco por la mañana.

LOUIS FEUILLÉE

Sobre las aportaciones del astrónomo frances Louis Feuille cabe decir que en 1728 desecha la idea de que era la montaña más alta del mundo. Establece la altura del Teide con métodos geodésicos en 2.213 toesas. Entre los expedicionarios que subieron con él estaba Esteban Porlier. Señala que el vino y aguardiente perdían propiedades, lo que fue contradicho por Viera. Su repercusión botánica fue la primera descripción de la violeta del Teide.

HEBERDEN

El médico británico William Heberden recogió las observaciones de su hermano Thomas sobre su ascensión al Pico del Teide y las publicó en la revista de la Royal Society británica Philosophical Transactions en 1752 y 1765 respectivamente en sus volúmenes 47 y 55. Eran dos significados científicos imbuidos del espíritu reformista e ilustrado. William nació en Southwark en 1710, falleciendo en Palm Mall en 1801. Doctorado en medicina en el Colegio de Saint John de Cambridge, en 1746 ingresa en el Real Colegio de Físicos y en 1750 en la Royal Society. En la primera es el creador de sus Medical Transactions en 1768, inspirada en el espíritu experimentalista de las Filosóficas, de las que fue un habitual colaborador. Es autor de dos obras fundamentales en la historia de la medicina, Instrucciones de inoculación, en la que impulsó ese método para frenar el azote de la viruela, del que fue un defensor, llegándose a cartear para ello con Benjamín Franklin, y muy especialmente de sus Comentarios de historia y cura de las enfermedades, una obra que ha sido reeditada en más de una decena de veces a lo largo de la historia.

Thomas, cirujano y naturalista, había nacido en 1703 en la misma localidad. Fue miembro, como su hermano, de la Royal Society, en la que ingresó en 1761. Estuvo trabajando como cirujano en Rotherhithe hasta 1739. En 1740 marchó hacia Las Palmas. Debido a la escasez de facultativos en ella fue contratado inmediatamente por la Compañía de Jesús y otros integrantes de la elite dirigente local por el salario anual de 2.400 reales de vellón, no incluyendo en él los gastos en medicamentos, que corrían a cargo de los pacientes. Pero sus problemas con la Inquisición fueron inmediatos. En ese mismo año fue preso en sus cárceles secretas. Se le acusó de afirmar que las relaciones sexuales no eran pecado y que “no era necesario confesar éstos, ni ninguno otros pecados, porque no era precisa para salvarse la confesión”. De esa forma conseguía “inclinar y atraer más a su deseo a diferentes mujeres de todos estados que solicitaba”. Angustiado por su detención, solicitó para paliarla convertirse al catolicismo, por lo que su causa terminó en una simple reprehensión. Al año siguiente se le incautaron libros prohibidos, por lo que el Tribunal, al dar cuenta de ello a la Suprema, puntualizaba que su “reducción tiene el recelo de que la hizo hallándose entonces preso”.

Quizás por tal acoso en 1741 dejó la sede del Santo Oficio y se estableció en La Orotava, donde residió, como él mismo refiere, por espacio de seis a siete años. Sobre 1747 se despidió de Canarias y se embarcó para Madeira, donde permaneció por el resto de su vida. Afincado en una casa en las colinas, cerca de dos millas de Funchal, dividió su tiempo entre el ejercicio de la medicina y sus preocupaciones científicas. Observó el tiempo de la isla y acumuló datos sobre su temperatura, presión barométrica y lluvia, que publicó en Philosophical Transactions. Con su telescopio observó durante cinco años el primer satélite de Júpiter. Fue testigo y narrador de dos terremotos y abordó un estudio demográfico de la población madeirense. La demanda de servicios médicos que había experimentado por la escasez de facultativos le llevó a licenciarse en Medicina en 1759. Debemos señalar al respecto que en esa época Medicina y Cirugía eran dos carreras nítidamente diferenciadas y objeto de una complicada convivencia.

La primera expedición de James Cook a los Mares del Sur hizo escala en Madeira en septiembre de 1768. En ella viajaban dos amigos de los hermanos Heberden, el naturalista sueco Daniel Solander, discípulo de Linneo y el futuro presidente de la Royal Society y de los Jardines Reales de Kew, Joseph Banks, cerebro científico de la expedición, cuya fortuna personal le permitió dotar a la nave Endeavur de todos los aparatos precisos para sus observaciones cienííficas, en las que acumuló una inmensa colección. Durante los cinco días que permanecieron en la isla, Thomas fue su guía. Banks reconoció en su diario sus aportaciones al conocimiento botánico de la isla. Le proporcionó una descripción de sus árboles y varias muestras de minerales que había recolectado en su ascensión al Teide. Falleció al año siguiente. En su recuerdo Banks le dio el hombre de heberdenia a un árbol de la familia de las Mirsináceas.

El primero de los textos narra su ascensión al Teide desde La Orotava. Describe la Estancia de los Ingleses, la cueva del Hielo y el Pan de Azúcar, que según él es conocido como La Pericosa por los isleños. Esa denominación hace referencia comúnmente a la parte más alta de algo, particularmente de los árboles, los montes y los cerros. Habla del vapor condensado, que produce lo que “los habitantes llaman azufre de gota”, de las fumarolas y del cubrimiento de nieve del Pan de Azúcar la mayor parte del año. En su tiempo lo estuvo desde octubre de 1742 hasta junio de 1743.

La altura del Teide aportada por Heberden de 2.566 brazas, que equivalía a unos 15.396 pies, sobre unos 4.609 metros era evidentemente disparatadas, pero se inscribía dentro de los errores de cálculo de la época descritos con minuciosidad por Humboldt en su célebre viaje. Señala que había hecho dos observaciones, que reflejaron idéntico resultado, al igual que otras dos efectuadas unos años antes, mediante operaciones trigonométricas por John Crosse. Éste último fue un significado miembro de una familia de la burguesía comercial del Puerto de la Cruz de origen escocés y religión presbiteriana que desempeñó como su tío de idéntico nombre y apellido el consulado de Inglaterra en las islas. A los 16 años abandonó el hogar paterno, como también lo hicieron sus hermanos Catalina y Carlos, para convertirse al catolicismo.

Entre los datos etnográficos que proporcionan ambos textos podemos señalar un aberrunto clásico, el del sombrerillo del Teide, señal segura de lluvia, y la comercialización de su salitre por 5 peniques la libra, del que hacen con él fósforos mojando papel en una solución fuerte. Glas reseña que subían al Teide “algunas pobres gentes que se ganan la vida recogiendo azufre”. En aquella época se empleaba básicamente, como recoge José Betancourt y Castro, para mechas para beneficiar los toneles de vino, ya que su empleo en el azufrado de las viñas sólo se efectuó a raíz de las plagas de oídium y míldium en la década de los 50 del XIX, cuando el médico Miguel Villalba lo introdujo, no sin oposición, para luchar contra esos parásitos. El propio Viera llegó a propugnar la creación de una fábrica de ácido sulfúrico, partiendo del azufre teideano. Pero, como ha estudiado Tomás Méndez, no hubo realmente una explotación sistemática del mismo sino hasta la Primera Guerra Mundial por las circunstancias del bloqueo de los puertos isleños, dada su mala calidad.

Los argumentos científicos para sus análisis los toma William de dos científicos británicos contemporáneos suyos, José Black, miembro del Colegio de Físicos de Edimburgo, que describió sus experimentos sobre cristales y Henry Cavendish que efectuó tres de ellos con la sal proporcionada por Heberden. Cavendish es recordado particularmente por sus investigaciones sobre la naturaleza de los gases y los elementos integrantes del aire y del agua.

GEORGE GLAS

El comerciante escocés George Glas ascendió al Teide a principios de septiembre de 1761. Refiere que nadie hace el viaje excepto los ingleses y unas pocas gentes pobres de la isla que se ganan la vida recogiendo azufre. Los españoles acomodados no tenían curiosidades de este tipo. Señala que no hay lugar en el mundo más apropiado para observatorio que la Estancia.

ANDRE PIERRE LEDRU

En la expedición del capitán Baudin a las islas de Trinidad y Puerto Rico, narrada por Andre Pierre Ledru decide quedarse den la isla el científico francés Le Gros. Esta es su más importante contribución al desarrollo del conocimiento del Teide. . Los expedicionarios ascendieron hacia él en diciembre de 1796. llegaron el 19 al pie de la montaña, pero no pudieron escalarla por un inmenso casquete de hielos inaccesibles. La consideró una expedición temeraria. El 15 de febrero Ledru subió con Le Gros, se perdieron en la ascensión.

EL VIAJE A CHINA DE LORD MACARTNEY DE 1792

De la escala en Tenerife de la expedición de Lord Macarrney a China en 1792 contamos con dos relatos, el de John Barrow, catedrático de matemáticas de Greenwich y del de Georges Stauton, médico, miembro de la Royal Society y secretario de esa embajada. Subieron al Teide cubierto de nieve el 23 de octubre. Se estaba formando una tormenta. Una parte decidió bajar al Puerto, como recomendaban los guías. Sólo cuatro decidieron ascender, los arrieros les abandonaron. Se hundían en la piedra pómez. Finalmente decidieron bajar.

HUMBOLDT

Finaliza el siglo XVIII la estancia de Humboldt en Tenerife durante una semana en 1799 dentro de su viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Mundo. En ella su proyecto científico trata de demostrar empíricamente una concepción idealista de la armonía universal de la Naturaleza concebida como un todo armonioso movido por fuerzas internas. Es su Física del Globo, en la que se combina corrientes científicas como la botánica y la geodesia con el idealismo alemán con la intención de introducir una unidad a escala planetaria no meramente física sino profundamente humana. No se contenta con la simple impresión, mide, analiza y establece similitudes y diferencias. Ese afán globalizador le lleva a incorporar el método comparativo y la perspectiva histórica. Su obra es una crítica radical a la metodología científica del siglo XVIII al rechazar abiertamente las clasificaciones y apostar por el carácter móvil de una Naturaleza en evolución con la influencia de la historia física y humana y la interacción entre los animales, las plantas, las rocas y los hombres. Las páginas que elabora sobre la geografía insular se integran plenamente dentro de esa visión dinámica que le permite recrear una ciencia del paisaje. De esa forma es el primero en hablar de paisajes naturales y humanizados cuando aborda la sucesión de pisos vegetales en las islas. En ellos diferencia aquéllos que la acción humana ha transformado con la introducción de plantas foráneas y por su uso agrícola y los que se mantienen vírgenes.

Su Física del Globo es todavía una ciencia en construcción, pero es un paso trascendental en el origen de la geografía moderna. Al defender el método inductivo apuesta por leyes empíricas, pero en las que el espíritu se aplique a la Naturaleza. Esa combinación explica la trascendencia que el volcanismo insular, y particularmente el Teide desempeña en su estudio comparativo de los volcanes al ser un elemento de referencia esencial que contrasta con los volcanes andinos y mejicanos explorados por él en su largo viaje por la América española. La veta romántica ocupa en esa apreciación un lugar destacado. Se recrea en su goce, elabora una estética independiente del conocimiento de los fenómenos, en los que la contemplación del Teide y de su belleza están al margen de la ciencia. Nos proporciona un halo de encanto en un entorno dominado por el racionalismo. El goce por lo bello y sus valores son una idealizada visión de la Naturaleza y de los paisajes insulares y humanos que conforman toda una visión del mundo de la que ha sido sinónimo y portavoz. Ese canto a su armonía, a la combinación de vegetales y tonos contrastados en el paisaje le lleva a afirmar que ese contraste, esa variedad es en sí misma el valor supremo, la belleza ideal. Su exaltación del Norte de Tenerife se refleja no sólo en sus cartas como una impresión a primera vista, sino que retiene tras su larga travesía por esa densa maraña de paisajes y relieves hispanoamericanos. Es un testimonio fehaciente plasmado en la redacción de su Viaje a las regiones equinocciales quince años después. Al simbolizarla como el paisaje armonioso por antonomasia estaba expresando ni más ni menos que toda una concepción idealista de la estética de la naturaleza.

En esa visión no le preocupan sólo las plantas en sí mismas, sino su integración dentro del paisaje y su transformación por la acción humana. Es esa misma dinámica del paisaje que nos muestra en los Valles de La Orotava y de Caracas cuando habla de la acción antrópica en la sustitución de cultivos. Esa comparación que plasma en La Vega caraqueña en la que los duraznos y los membrillos introducidos por los canarios en el siglo XVII son reemplazados por el cultivo del maíz y las hortalizas en la expansión cafetalera del tránsito del XVIII al XIX. Tras dedicar especial atención al tapiz vegetal aborda en profundidad su geología. Pero en este punto era consciente de las limitaciones de su análisis. Siempre lamentó el no haber podido regresar a Canarias. Su corto espacio de tiempo en Tenerife fue una seria limitación para un viajero tan exhaustivo como él, que daba tanta importancia a la experimentación directa. Reconoció esas deficiencias en su conocimiento de la diversa geografía insular. Deja por ello constancia al pasar por Gran Canaria sobre la ignorancia que se tenía sobre su historia natural y geología, que hace extensible a otras islas como Lanzarote, Fuerteventura o La Gomera.

Su esfuerzo es meritorio, humilde y honesto en sus juicios. Le preside la duda, la conciencia de que los avances científicos en la geología eran todavía limitados en la geología y la historia natural. Su mayor aportación es el estudio de los pisos vegetales del Norte de Tenerife, que por sí mismos constituyen una pieza esencial para el desarrollo de la ciencia geográfica, para el estudio de las formas dinámicas del paisaje. Esas plantas integradas en el medio son una de sus grandes aportaciones la ciencia moderna. Rompe esa obsesión clasificadora al bosquejar meridianamente en la riqueza y diversidad del paisaje norteño la delimitación de zonas geográficas naturales y transformadas por la acción humana. Esas áreas son para él pisos vegetales. En ellos aborda el análisis comparativo de su altitud y temperaturas a lo largo del año, la capacidad de resistencia y adaptación de las plantas, inclusive de las foráneas. Rectifica con humildad sus propios juicios tras el viaje de Buch. Reconoce en un anexo del tomo IV de su Viaje, en el que narra su expedición a Venezuela, su error y precipitación al hablar sobre el drago y su esquema de clasificación. Añade una nueva región olvidada, la costera xerófila, muy transformada en el norte insular que él visitó por la creación de terrazas agrícolas, pero mucho menos que en la actualidad. Elimina la de las gramíneas, “pues son rarísimas, y como lo observa el Sr. Von Buch no forman una zona particular”.

Sus argumentaciones suponen un cambio radical con el clásico libro de viajes, al negarse a hacer de su obra una simple descripción. Aunque el estudio de la naturaleza en la universalidad de sus nexos perjudica la rapidez y vivacidad de su relato e itinerario, su meta en todo momento es hacer prevalecer su carácter global y su análisis comparativo de los fenómenos naturales con un interés casi obsesivo por descubrir las Leyes de la Naturaleza a través del análisis empírico. Sus observaciones climatológicas y meteorológicas y el empleo de modernos aparatos de medición están ligados a su interés por la botánica y sobre todo por la geografía de las plantas. De ahí su reto por efectuar una correcta medición de la altura del Teide. A ella dedica un amplio número de páginas contrastando las apreciaciones de todos los que le precedieron y dando su juicio definitivo sobre ellas, viendo en la de Borda la más precisa. Era la sanción definitiva a un interrogante que su precisión instrumental dio carta de naturaleza.

Uno de sus descubrimientos más trascendentales durante su visita a las Cañadas fue la violeta del Teide, a la que dio el nombre de Viola cheiranthifolia. El botánico francés Feuillée ya la había catalogado en 1724 con el nombre de Viola tanerifera longifolia, pero su texto permaneció manuscrito y desconocido para la comunidad científica.

LA EXPEDICIÓN DE BUCH Y SMITH

Buch y Smith recorrieron de forma exhaustiva la isla de Tenerife como hasta entonces no lo había hecho ningún viajero extranjero. No se limitaron a la típica y tópica excursión entre Santa Cruz y el Valle de La Orotava, sino quisieron hacerse una idea de conjunto de la isla, llegando a su más lejanos confines para de esa forma superar las limitaciones de una visita somera y parcial. Su llegada a principios de mayo le permite ver la recolección del trigo en la por entonces cerealística comarca de Tacoronte. Hicieron del Puerto de la Cruz su residencia en esa larga estancia tinerfeña y se propusieron el 15 de mayo la ascensión al Teide. En ella nos habla sobre la intensidad de la deforestación en vísperas de la catástrofe del aluvión de 1826. La intensa actividad erosiva derivada de esa tala la pudo apreciar en el desbordamiento de los torrentes. Sólo quedaban pequeños matorrales como consecuencia de tal intensidad deforestadora. Hasta el mismo Pino del Dornajito, salvado hasta entonces por su protección de una pequeña fuente había sucumbido.

En su ascensión se encontró con una expedición en la que marchaba una escocesa, la señora Hammand, que según los guías era la primera mujer que subía al Pico. Al descender hacia Vilaflor vieron el único pinar que entonces se conservaba en la isla y cuyos árboles son todavía hoy sinónimo de antigüedad. Chasna aparecía rodeada de gran cantidad de árboles frutales, como ciruelos, perales y almendros. En su descenso alcanzaron la aldea de Chinama en Granadilla, donde fueron recibidos por Antonio González del Castillo, quien les recibió con gran hospitalidad y les llevó a ver cuevas con momias guanches. El chasnero les dio a probar la aromática y transparente miel extraída por las abejas de las retamas del Teide. Con ella nos ofrece una descripción del intenso movimiento de colmenas efectuado por los habitantes de Chasna, Chinama, Granadilla y el Río a comienzo s de mayo para trasladar a las Cañadas sus colmenas de tronco hueco de drago. Su anfitrión había nacido en Chinama en 1776, por aquel entonces en la jurisdicción de Vilaflor. Miembro de la élite local, contrajo matrimonio con la ariquense Paula Torres y Delgado Trinidad, de similar espectro social. Llegó a ser gobernador militar de Granadilla y teniente coronel de milicias, participando en la represión del motín portuense de 1810. De gran estatura y corpulencia, falleció en su pago natal a los 74 años de edad.

Manuel Hernández González. Profesor Titular de Historia de América de la Universidad de La Laguna. Conferencia impartida en la Universidad de Verano de Adeje. Julio 2003. Curso: “Las expediciones científicas europeas a las Islas Canarias durante el siglo XVIII”

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