Iglesia de San Pedro Apóstol


La primitiva ERMITA fue edificada a mediados del XVI por Pedro Soler y su esposa Juana de Padilla. Le dieron la advocación del santo de su patrón, la dotaron de lo necesario para su culto y una imagen de alabastro que trajeron de Cataluña. Su modestia queda constatada hacia el 1568, año en que fue elevada a la condición de parroquia y sede del beneficiado de Abona tras la visita del arcediano Juan Salvago, con la condición de que los Soler, como patrones del templo y habiéndose comprometido a ello, culminaran la construcción de su capilla mayor.

En 1615 el capitán Gaspar Soler de Arguijo y Juan Soler de Padilla decidieron desbaratar la capilla para levantar otra mayor. Contrataron para ello al cantero Custodio López. Era de planta cuadrada con tosca blanca, salvo las basas y guarniciones del arco mayor, que se hicieron en piedra azul volcánica por su mayor prestancia y por haber sido empleada en su puerta. En 1675 se rehizo desde sus cimientos, ya que tras los trabajos en la cabecera resultó pequeña la nave. Por el contrario se mantendría el testero con la recién construida sacristía. Es la fecha en que fueron trazadas sus dos portadas.

La IGLESIA se presenta como un templo de una sola nave y planta de cruz latina, con sendas capillas laterales comunicadas con el presbiterio, baptisterio a los pies y una sacristía más moderna adosada a la capilla del lado del Evangelio y abierta a la calle mediante un balcón lígneo. Los muros de mampostería se refuerzan con sillares esquineros en cantería basáltica, que aseguran la trabazón de los parámetros, adaptándose el conjunto a la pendiente del terreno por medio de un graderío pétreo que lo regulariza. Los vanos son escasos y se limitan a las portadas en cantería y un cierto regusto neoclásico, delimitadas mediante pilastras y rematadas por un frontón triangular con flamencos. Sobre la portada principal se abre una sencilla ventana cuadrada de ciertas dimensiones, mientras que los restantes huecos corresponden a ventanas de cuarterones enmarcadas en cantería.

En el interior, el arco toral se apea sobre columnas adosadas sobre altos plintos, con el sol tallado en la clave, simbolizando el linaje que ejerce su patronazgo, los Soler. El artesonado es MUDEJAR en la nave. De par y nudillo, con tirantes dobles unidos por lacería y sobre pares de canes en el buque. El presbiterio presenta un artesonado ochavado, de cuatro faldones con limas moamaras y tirantes en los ángulos en la colateral del Evangelio y octogonal con pechinas, decoradas por lacería y almizate con pinjante en la de la Epístola.

En la nave es más antigua, en tanto que en las restantes es más moderna. En 1767 se ordenó por el obispo Delgado y Venegas la construcción del coro alto sobre la puerta principal, con salida al campanario. Al exterior muestra dos portadas, la principal a los pies y una segunda en el costado derecho. Son de aspecto similar con frontón con flamencos sobre pilastras. Ostentan la fecha de 1675. Se añade en la primera el haber sido hecha por el párroco Matías Ruiz Alfonso y en la segunda, el tallado de las llaves de San Pedro en alusión a su titular. En el pasado fueron más porque en 1795 el obispo Tavira consideró excesivo su número, contrario a la seguridad “y en un país tan frío contribuye a hacerle notablemente más incómodo”. Ordenó el cierre de las dos de las capillas y una de las dos colaterales que miran a la parte de arriba del pueblo.

RETABLOS Y ESCULTURAS

En el interior del templo, ubicado en la cabecera está el retablo mayor que ocupa todo el testero, en la hornacina de la izquierda está su obra más valiosa, la imagen de alabastro de San Pedro antes citada de mediados del siglo XVI. La pierna derecha del santo se adelanta, mientras que la izquierda se retrae. En la mano derecha sostiene un libro. El manto se arremolina suavemente en forma de curva. Fue esculpida por el aragonés Pedro Villar. Para las procesiones se utilizaba otra imagen de vestir esculpida en marfil, que se colocaba en un pequeño niño del altar de Ánimas. El apóstol aparece como un joven sentado en un sillón dorado de líneas BARROCAs bendiciendo con su mano en alto. Se le conoce popularmente como “San Periquito” y ya aparece citada en los inventarios del XVIII.

En la hornacina central de este retablo está una talla de vestir de la Inmaculada Concepción, en el nicho de la derecha está la imagen del Santo Hermano Pedro esculpida en el siglo XX.
Entre las tallas que posee la iglesia, en su mayoría de autor anónimo, podemos señalar el Cristo de Humildad y Paciencia, de la primera mitad del siglo XVII, su Nazareno, con un magnífico trabajo de las manos y mirada fija y penetrante y las Vírgenes del Rosario y del Carmen, dentro de la órbita y características del arte popular tradicional.

En el brazo izquierdo del presbiterio se sitúa el retablo de La Misericordia, es una construcción de madera sin pintar, en la calle central está un Calvario con una talla de Cristo crucificado del siglo XVI, una de las más antiguas, la Virgen de los Dolores o de la Soledad del siglo XVI y otra talla de San Juan, en esta capilla está un Cristo yacente en su urna con una inscripción de 1870 fecha de su construcción, aunque el Cristo es del siglo XVIII.

En cuanto a orfebrería podemos reseñar un cáliz italiano donado por el obispo italiano de Sabina Donato Portocarrero a los Padres Bethlemitas de Vilaflor. Al prohibirse su fundación en 1725 lo cedieron a la parroquia. Una de sus obras maestras es la cruz procesional cubana del tránsito de los siglos XVII al XVIII. Otras piezas notables son la custodia lagunera de ráfagas continuas de mediados del XVIII, un cáliz de plata dorada característico del rococó de Aguere del último tercio del XVIII, una lámpara de plata de 1638 y un guión de plata de Buenaventura Correa del primer cuarto del XIX.

Los cipreses de Vilaflor 

La IGLESIA parroquial, así como los inmuebles que la circundan, alineados en las calles limítrofes conforman un entorno de gran relevancia patrimonial, entre los que destacan edificaciones como la casa de los Soler, el molino de agua y el grupo de inmuebles que circunda la plaza de la iglesia, junto al convento bethlemita.

No menos espectaculares, en su género, se nos muestran los tres cipreses situados frente a la portada principal de la IGLESIA de San Pedro Apóstol, una de las más antiguas de la isla.
Considerando las singularidades con que cuenta el archipiélago canario en cuanto a vegetación nativa, los cipreses se pueden considerar rarezas. Los cipreses de Vilaflor, en su conjunto, dada su antigüedad, historia, ubicación, porte y valor paisajístico, es el de mayor relevancia que está en las islas, probablemente favorecidos por el clima seco y la calidad del aire de este ambiente montañoso. Si bien atendiendo a su morfología y mayor porte pudiera destacarse uno especialmente, lo más significativo lo represente el propio conjunto.

Los cipreses, que en origen fueron cinco, se plantaron por su carácter simbólico funerario, por cuanto “antiguamente enterraban en las iglesias”.
Probablemente estos árboles fueron traídos de la península, no pudiéndose precisar el año de plantación, si bien cabe pensar que pudieran considerarse casi coetáneos a la fundación de la iglesia, siendo los elementos más destacados de la jardinería proyectada asociada al conjunto arquitectónico religioso, patrimonio indisociable del entorno de la plaza y de la propia existencia de los chasneros.

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