El milagro de la lagartija de esmeraldas


La muy noble y leal “Ciudad de Santiago de los Caballeros de Goathemala”descansaba como siempre al arrullo del río Pensativo, cuyas aguas resbalaban bajo la porcelana de los cielos a través de las huertas, interrumpiendo el silencio. Sus mujeres hermosas, sencillas, con ojos negros y piel de color de panal, se paseaban por su mercado de frutas y legumbres, contrastando con el ambiente viejo y devoto de los claustros llenos de suspiros, penumbras de almas en pena y campanas resonantes y necias.

250px-gt056-antigua_arch-lowA la sombra de los antiguos árboles de Jocotes, se paseaba una fresca mañana el Hermano Pedro de San José de Bethancourt. La noche recién pasada había llovido copiosamente y las nubes, obedeciendo al viento pastor, rodaban y se entreabrían dejando espacios a través de los cuales el sol enviaba sus rayos.

El Santo, de barba poblada, ojos profundos y lucientes, pensaba en sus obras de caridad; con el espíritu perdido entre la volatería de su imaginación. El asilo de forasteros y convalecientes, después de haber sufrido muchos traslados y penurias, contaba ya, gracias a Dios, con un lugar propio a inmediaciones del Templo de La Escuela de Cristo. Un caballero de la ciudad había ofrecido donarle varios cientos de tejas de barro; las monjas clarisas lo ayudaban todos los días con algunos cestos de pan. Los leprosos del barrio de “El Tortuguero” parecían mejorar con las aguas de la corteza del árbol de Esquisúchil que había traído un comerciante desde la lejana región de Turrialba para don Fray Rodrigo de Tovar, que luego fuera convertido en milagroso por nuestro Santo Hermano Pedro.

Los enfermos eran cada día más numerosos en su hospital y por consiguiente, el espacio, los remedios y los alimentos resultaban insuficientes.

Por el camino apareció un indígena de la región, caminando a paso lento y solemne, apoyado en un bastón de palo de membrillo. —Güen día, pagre, señor mío —Bueno y santo te lo dé nuestro señor a ti, hermano. ¿Qué dolor aflige tu corazón?

Al escuchar la voz del Santo, al indígena se le encogió el alma y cayó de rodillas ante él.

— Pagre Pedro, la mujer está muy enferma; se está muriendo y no tengo plata para comprarle la medecina. Los muchachitos, mis hijos, también se están muriendo, pero de hambre, de pura hambre… ¡Por la Cruz de Nuestro Señor, juro que esta es la pura verdá de Juan Manuel Jurakán!

Y cruzando los dedos sarmentosos, hace una cruz, la lleva a sus labios y la besa con devoción.

Ante las miradas del santo, la piel morena del indígena se vio iluminada por una palidez de aflicción y preocupación, adornada por dos lágrimas de tristeza.

Condolido hasta el alma ante aquel dolor auténtico, el Hermano Pedro busca algo entre los bolsillos de su hábito, pero no encuentra nada, porque los bolsos del hábito de un verdadero santo siempre están vacíos.

¡Nada! ¡Ni siquiera una miga de pan para alimentar un gorrión…! El santo Hermano Pedro alzó sus ojos al cielo en demanda de ayuda, y tras ellos, un pájaro de oro vuela de su corazón. Ese pájaro es su fervoroso deseo de hacer bien, que va en busca de aquel que todo lo puede.

— ¿Será posible, Señor, que en el reino de Goathemala y en mañana tan esplendente no se encuentre medio alguno de remediar la desventura de este pobre hermano? — pensaba el santo mientras miraba al cielo.

Luego, se escuchó un pequeño ruido entre las secas breñas de quiebracajete azul que caían sobre un montón de pedruscos. Era una lagartija verdinegra que salía a tomar su acostumbrado baño de sol. El Santo, sonriendo a la vez con aire tierno y grave, se aproxima al reptil y lo toma entre sus manos. El animalito cierra los ojos, quedando inmóvil y el Santo Hermano Pedro dice entonces afablemente:

— Juan Manuel Jurakán, hombre de poca esperanza, toma esta lagartija y llévala a la casa de empeño de don Juan de Oñate, en el portal de los mercaderes. Algo te dará don Juan por ella y con ese algo, alivia tus penas y no dudes más de la misericordia del Espíritu Santo, que siempre es pródiga y segura.

Pasaron los años.

Largos años de valiosas experiencias para el indio Juan Manuel Jurakán. Su pelo, antes negro, es ahora gris. Sus hijos crecieron, son comerciantes de cobijas, mantas y toda clase de telas de algodón y lana. Compró un par de hectáreas de tierra; el maíz y el trigo lo han enriquecido. Tiene muchos animales y cada año vende buena cantidad en la feria de San Andrés Itzapa, en el partido de Chimaltenango. Con el trabajo de sus pulmones, reuniendo las monedas una a una, logró pagar la recuperación de la joya y una mañana, decidió ir en busca del Santo Hermano Pedro.

El indígena imagina al Santo como un opulento y sonriente caballero, con el cuerpo cubierto con áureos ropajes, al medio de un gran rebaño de carneros.

Su asombro es inmenso cuando le encuentra vestido con el mismo viejo sayal, meditando junto a un montón de pedruscos.

— Güen día Pagre Pedro.

— Buenos te los conceda Dios a ti. ¿Qué deseas hermano?

— Señor Pagre, ¿no me conocés? Yo soy el indio Juan Manuel Jurakán y vengo a devolverte la joya que me entregaste hace diez años.

El Santo, inclinó la cabeza pensando, intentando recordar, buscando un nombre entre el manso y profundo caudal de su memoria.

— ¿Juan Manuel Jurakán? ¿La joya que te entregué hace diez años…? No; no recuerdo.

—Pagre, señor pagre, miro que estás muy viejo y muy necesitado. El corazón del indio es agradecido. Aquí está la lagartija que me diste para remediar mis penas. Vendela o empeñala vos también y descansá tantito…

Parsimoniosamente, Juan Manuel deshace los nudos de un pañuelo de seda y pone ante los ojos del anciano una lagartija de oro y esmeraldas. Pedro de San José de Bethancourt sonríe tristemente. Está casi ciego y las privaciones lo tienen extenuado. Buscando el bien de los demás, no ha tenido tiempo para pensar en sí mismo. Sin decir palabra, con aire a la vez tierno y grave, toma de manos del indio la fabulosa lagartija y después de contemplarla por algunos segundos, la colocó gentilmente sobre el montón de pedruscos. Al sólo tocarlos, el animalito vuelve a la vida y desaparece. El alma del Santo Hermano Pedro, abrió los revuelos y cantos de los clarineros, haciendo vibrar el aire tierno de la mañana. Todas las campanas de la Ciudad de Santiago de los Caballeros despertaron y enviaron al aire el claro son de sus bronces. Desde el fondo, se observaba en el altar mayor del firmamento la diadema con luceros de plata de la cabeza de Nuestra Señora la Virgen María, quien sonreía a su siervo y al alma humilde de Pedro de San José de Bethancourt.

La ciudad, indiferente se conmovía, pues entre sus muros había sucedido un milagro; un auténtico y gran milagro. De boca en boca los fieles se pasaron la noticia. Sin perder tiempo, se congregaron todos los religiosos para ser testigos de lo sucedido. ¡Aleluya! En Goathemala ha ocurrido un auténtico milagro.

Mientras tanto, el Hermano Pedro, olvidado de todos, carga a cuestas a un indígena que imploraba misericordia a la orilla de una acequia. Los tintineos de la campanilla (esquila) que siempre lo acompañaba sonaban como gotas de oro golpeando con las rocas del empedrado del camino. Nada posee, mas sin embargo, es inmensamente rico, porque su alma abrasada por una calcinante sed de amor para todo el que sufre, ha sido surtida en los oasis del cielo.

“Acordaos hermanos, que un alma tenemos; y si la perdemos, no la recobramos”. Escrito por Dorge Ozaeta.

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