La voz del Hermano Pedro en las noches silenciosas


¡ Acordaos hermanos que un alma tenemos y si la perdemos ya no la recobramos….!

Aquel estribillo, lo iba recitando el Hermano Pedro, en las calles silenciosas de la ciudad colonial. Salvaba muchas almas y logró la conversión de mucha gente que apartada completamente de Dios, hacía disparates en su vida.

El caso de un joven norteamericano esta fresco en la mente de los antigüeños, fue a ya por la década de los años sesenta cuando el movimiento hipie estaba en su apogeo. Joe llegó con un grupo de muchachos que añoraban un mundo sin violencia, pero lamentablemente alfombrado con drogas y alucinantes. Joe el clásico gringo que llega a la ciudad colonial, sin conocer su pasado. Menos sus personajes o su historia. Al gringo joven le gusta Antigua por lo pintoresco de su ciudad, por el clima maravilloso, por su quietud y por lo barato que se les hace a ellos el pago de un buen hotel o una pensión en pleno centro de la ciudad. Los primeros hipies que llegaron a Guatemala, invadieron las zonas de Panajachel, Querzaltenango y especialmente Antigua Guatemala.

Joe, era uno de aquellos muchachos, que predicando El Amor y la Paz, llegaron Guatemala una predica que iba insuflada por las drogas y el alucinante barato. Joe, apenas si geográficamente conocía su país, en ocasiones ignoraba que Guatemala existía. Una amiga le comento cosas de Guatemala de sus bellezas y su clima especialmente. Joe originario de tierras frías, cercanas a la frontera con Canadá, más por conocer que por salud personal, buscaba un clima paradisiaco u no había duda Guatemala lo tenía en su ciudad colonial. Joe estaba feliz y sus padres mensualmente le enviaban un giro en dólares y así la iba pasando, argumentando a sus padres que estaba estudiando idioma español en una de las academias de la ciudad.

La vida del joe, se debatía entre orgías, borracheras y largas sesiones colectivas de drogadicción. Una noche el joe sentía morirse y salió en busca de droga con los amigos, por más que registro en su mochila ya no tenía más que estupefacientes. Ya era tarde, tan tarde que casi todos los restaurantes habían cerrado. La ciudad colonial lucia sola, apacible y callada, únicamente allá por el Machén los perros ladraban con fuerza confundiendo las sombras de la ramas de los árboles por fantasmas en movimiento.

El Joe llego hasta la esquina de la empresa eléctrica y cruzó rumbo a la calle del Arco, el silencio era absoluto y para colmo de males ni una persona en las calles. El joe toco varias puertas, pero no le abrieron, incluso en los sitios donde él sabia que la droga a los extranjeros se vendía a granel, vendida naturalmente por otros extranjeros. Pero nadie abrió sus puertas, todo cerrado a piedra y lodo. El cuerpo de joe, principió a temblar, aquello parecía a groso modo como el efecto de una sobredosificación, que ya hacía estragos en humanidad del, gringo. Cuando llego al atrio del templo de la Merced, cayó de bruces, ahora la espuma le brotaba por la boca y la presión arterial estaba elevadísima, ante aquella situación Joe, se podía morir en cualquier momento. Los estertores de la muerte le rodeaban al joven y para colmo de males ni una gente que le ayudara.

Joe, quiso incorporarse, pero le fue difícil, no lo logró y ahora cayó de espalda, dando con la cabeza en el filo de la banqueta, la herida que se había provocado no era tan grande pero la sangre manaba abundante, dejando su huella escandalosa en la camisa blanca del joven. Joe, moría a pausas, la factura de su drogadicción se la empezaban a pasar, de pronto en el silencio de la noche una voz suave que iba diciendo: ¡ ACORDAOS HERMANOS QUE UN ALMA TENEMOS Y SI LA PERDEMOS NO LA RECOBRAMOS…..! El estribillo iba acompañado de una campanita que el personaje iba tocando, Joe apenas le vio, quiso incorporarse nuevamente pero no pudo, de pronto, sintió que alguien le levantaba en vilo y lo llevaba prácticamente cargado hasta colocarlo en las gradas del templo. Posteriormente lo llevó al hospital donde lo dejo.

Cuando ya el Joe, se había más o menos recuperado, con su escaso español, preguntó a una de las enfermeras ¿Quién le había llevado al hospital? La mujer indicó que posiblemente un padre franciscano de San Francisco el Grande. Cuando salió, principió a recordar que efectivamente era un fraile el que le había recogido en la calle, cuando caminaba rumbo al convento, iba recordando mejor aquella figura imborrable de que le había ayudado. Joe, deseaba darle las gracias personalmente por el favor que le había hecho el misterioso personaje. Si bien joe no sabía el nombre de aquel padrecito, su fisonomía no la había olvidado y entre más tiempo pasaba, más recordaba aquella figura caso frágil del hombre que le levanto en vilo y le salvó la vida.

Cuando llego al convento, pregunto por el personaje pero como son sabía el nombre, haciendo un esfuerzo, indico que llevaba una campanita en la mano y que iba recitando un estribillo de la salvación del alma o algo parecido. La persona que le atendió, que no era sacerdote, si no más bien un empleado del convento, le respondió: vea joven no me vaya a venir Ud. Con que hablo con el Hermano Pedro porque eso no se lo cree nadie, primero porque es imposible hablar con el santo y segundo porque él falleció hace más de doscientos años…..! el Joe se quedo de una pieza, parado en el portón del convento, regresó despacio y cuando pasó por una venta de artículos de religiosos, pudo apreciar en una estampita la foto del hombre que le había ayudado, abajo pudo deletrear: HERMANO PEDRO DE SAN JOSE DE BETANCOURT. Inquirió por la persona que estaba en la estampa y sobré quien le diera explicaciones de forma breve de la vida de aquel santo de Guatemala. Joe quedó asombrado, sintió en ese mismo instante el cambio en su vida, después fue a conocer el sitio donde reposan los restos del santo y regresó a los Estados Unidos. Hoy a la distancia, viene cada año a la Antigua Guatemala a visitar la tumba del Hermano Pedro.

Recopilación, Lucia Cano, Vilaflor de Chasna 2009

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