Orígenes escultóricos del Niño Dios


Se dice que la tradición de los Nacimientos en el país se debe al Santo Hermano Pedro de Betancurt.

Por toda Guatemala están desperdigados miles de nacimientos que tienen el propósito de rememorar el nacimiento del Niño Dios. Muchas de esas imágenes son especiales, tanto por la nino-dios_preima20111109_0286_10calidad de su talla como por su antigüedad. De la mayoría solo existen cálculos de la época en que fueron elaboradas, y tampoco se sabe quiénes fueron sus autores —antes los artistas se limitaban a hacer su trabajo y no firmaban sus obras—. Asimismo, mucha de esa escultura doméstica —como se le llama a las imágenes exclusivas para los hogares y claustros de monjas— fue exportada a las regiones colonizadas por los españoles. Sin embargo, se sabe que existen desde el siglo XVII, pues el escultor Mateo de Zúñiga, fallecido en 1687, hablaba de ellas en su testamento.En esos tiempos los temas preferidos eran la fabricación de las imágenes de Cristo y de la Virgen María, en especial en su advocación de Inmaculada Concepción. Después se popularizaron los nacimientos y los arcángeles. Para su elaboración, los artistas debían seguir los mandatos del Concilio de Trento (1545-1563), que establecía los fundamentos doctrinales para la veneración y representación de los santos y las reliquias.

En tanto, los materiales empleados con frecuencia eran el cedro y la caoba, además de alabastro y marfil —sobre todo para las manos, rostros y pies—.

La madera debía pasar por un riguroso proceso de selección: ser de un árbol añoso, pero no demasiado, que se juzgaba por su grosor, y aserrarlos en los meses fríos y secos del año. Se acostumbraba hacerlo en cuarto menguante y se evitaba talarlos viernes, por ser el día en que murió Jesús.

El Nacimiento

El grupo de esculturas que se conoce como misterio de Navidad, nacimiento o belén lo integran el Niño Jesús y sus padres —José y María—. Su propósito es conmemorar el natalicio de Jesús en Belén.

Este tema —el de la Natividad— aparece marcado durante la época medieval, en la que se encuentran abundantes representaciones, como las esculpidas en los capiteles románicos, en retablos y en murales.

No obstante, existen otras referencias que datan de los primeros tiempos del Cristianismo. Respecto de la fecha en que se celebra el nacimiento del Niño Dios, se designó en el siglo II, por San Telésforo, y si bien en un principio era móvil, en el siglo IV, durante el pontificado de Julio I se consagró como fija y abarca la noche del 24 de diciembre, que pasó a ser la Nochebuena, así como el 25 de diciembre, que se constituyó en la Navidad.
Pese a los innumerables precedentes históricos, la mayoría de estudiosos ha aceptado que San Francisco de Asís fue quien inició la costumbre de representar con figuras el nacimiento de Jesús, un 25 de diciembre de 1223, en la cueva del Greccio, en el valle de Rialt, Italia. Ahí, esa noche, el santo habría reproducido con imágenes la llegada del Mesías.

La tradición continuó desde entonces. De ahí en adelante, a San José se le recreó joven, en actitud de oración; algunas veces de pie, y muchas más, arrodillado, con una mano sobre el pecho, y la otra, sosteniendo la vara azucena. La Virgen María se encuentra en oración, algunas veces de rodillas y con la cabeza cubierta. El Niño Dios está boca arriba y adormitado. Hasta el siglo XIX empieza a aparecer cubierto de un paño.

En el Museo de la Villa de Guadalupe, México, existe un enorme belén identificado como guatemalteco, por sus características. Otro de los nacimientos más impresionantes es el de la iglesia de Santa Clara, de Quito, Ecuador, el cual data del siglo XVIII y contiene alrededor de dos mil piezas.

En Guatemala, la costumbre del misterio de Navidad empezó con el Santo Hermano Pedro de Betancurt (1626-1667), quien, se dice, durante el Adviento llevaba por las calles un sombrero donde colocaba una imagen del Niño Jesús y otros motivos de la época, a la vez que exhortaba a la gente a prepararse para esa fiesta. Probablemente fue asiduo de las incipientes pastorelas y los autos sacramentales, obras de teatro sacro que vio representar de niño en su nativa Tenerife, en las afueras de los templos. Acaso presenció el auto navideño Entretenimiento en obsequio de la Guida a Egicto, compuesto por su contemporánea Sor Juana de Maldonado y Paz.

En el templo del Hospital de Belén se tiene información de que para 1769, en el altar mayor, había dos misterios, cada uno con imágenes de la Virgen María, San José y el Niño Jesús, de tamaño natural. En otras congregaciones, como sucedió con las religiosas de Capuchinas, existió una encargada de cuidar a los “niños Jesuses”; es decir, una monja cuya actividad principal era mantener el aseo y reverencia de las imágenes que con esta advocación existieron en ese convento.

Por lo regular, el escenario del nacimiento se desarrolla en un rancho de paja, y al Niño se le recuesta sobre el heno de un pesebre. Conforme pasaron los años se le colocaron otros elementos como un ángel que porta una filacteria que dice: “Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres de buena voluntad”, con el propósito de rememorar la figura celestial que se le aparece a unos pastores y les revela el acontecimiento. Asimismo, se le incorporaron imágenes de pastores, ovejas, músicos, campesinos, mercados y otras como la de San Francisco de Asís o San Miguel Arcángel. Por último aparecieron los tres reyes magos de Oriente, con peculiares vestimentas y que portan cetros y dones con los que ofrecen oro, incienso y mirra. A estos, cada día, se les acerca al pesebre, para que el 6 de enero luzcan a los pies del Niño.

Fuera de los nacimientos, estos reyes se empezaron a representar en los siglos II y III, con indumentaria persa, el pantalón característico conocido como sarabara y el gorro frigio. En ese entonces no había diferencia entre cada uno de ellos, y su número variaba. Es posible que el hecho de que Mateo el Evangelista señalara que a Jesús le fueron ofrecidos tres regalos convirtiera a los magos de Oriente en tres; sin embargo, parece que fueron los evangelios apócrifos los que llevaron a la tradición popular a definir la existencia de tres magos y a conferirles la categoría de reyes.
Sea como sea, hasta ahora, en muchos hogares con fe católica se representa a toda esta rica imaginería. El misterio, al final, se retira el 2 de febrero, cuando se celebra a la Virgen de Candelaria, como remembranza del pasaje bíblico en que se presenta al niño Jesús en el templo de Jerusalén.
Imaginería guatemalteca

Muchas de las imágenes se encuentran en los principales templos católicos del país, en museos y en colecciones privadas —de estos últimos propietarios, algunas piezas están registradas en el Instituto de Antropología e Historia, del Ministerio de Cultura y Deportes—.

En estas figuras predominan los estofes y su acabado barroco —un término que deriva del portugués barrueco, que alude a una perla de forma irregular—. Este estilo —que sustituyó a otros como el renacentista y el manierista— tuvo su apogeo en Santiago de Guatemala, hoy Antigua Guatemala, hasta finales del siglo XVIII.

En dicha imaginería predomina la policromía, dentro de su variedad no estofada, estofada sobre láminas de plata o de oro, sobre paños encolados y vestidura a veces con piedras semipreciosas.

Para dar realismo también era común colocarles ojos de vidrio, práctica que se popularizó, en principio, en Andalucía, España, en el siglo XVII. Para ello se fabricaban moldes cóncavos de madera, en los cuales se vaciaba vidrio líquido. Al solidificarse, se pintaban y se colocaban en las órbitas de la figura.

Durante el siglo XVII se popularizaron las imágenes de la Sagrada Familia, San José y el Niño, y el Ángel de la Guarda.

La figura humana aparece redimida de su miseria, elevada dentro de su humildad y que, de alguna manera, hace transparente el alma. Se enfatizan los contornos y se deja a un lado lo simétrico.

Con el avance del siglo XVIII penetró la influencia del rococó, la etapa final del Barroco, en la que se observan figuras de Santos con peinados o pelucas a la francesa.

Hoy, por eso, los altares neoclásicos de la Ciudad de Guatemala tienen retablos y esculturas barrocas que alguna vez se observaron en Antigua Guatemala.

En tanto, las figuras coloniales de este país, por lo regular, son atléticas a proporción, y con una pequeña deformación constante en la parte inferior del abdomen, lo cual es notorio en los cristos y en las esculturas del Niño Dios —considerado fuera de lo normal en el cuerpo de un niño—. Fuente Prensa Libre.

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